CoVID19: Los anti-vacunas y la amenaza contra la salud pública
7 diciembre, 2020
Vivimos en una sociedad…
15 diciembre, 2020

Quien este libre de violencia, que lance la primera piedra

¿Qué hay más allá del machismo y el feminismo?; ¿qué, más allá de lo público o lo privado, de la fama o el anonimato?

Las sociedades también pueden dar un salto dialéctico. Un salto cuántico.

Me pregunto qué tipo de relaciones “de pareja”, se pueden establecer, en donde no existe confianza, sinceridad, honestidad, compañerismo, complicidad, alegría, respeto. Me parece que nada positivo. A la larga o a la corta, el búmeran de la traición, de la mentira, de la hipocresía, retornará afilado a decapitar a su propio remitente.

Cada persona es responsable de su ser, de su existencia, de su cuerpo. A cada cual le toca decidir sobre una situación específica que le tocó o que aceptó, o que le fue impuesta. Las elecciones que hacemos nos conforman.

Sin duda, el amor no tiene nada que ver con la violencia. El amor empieza por amarnos a nosotros mismos; es la autoestima. Si alguien no se ama a sí mismo, es mucho más probable que “caiga” en relaciones tóxicas y violentas. Aceptar la vivencia del sexo sin amor, por ejemplo, puede fácilmente convertir a una relación en violenta, en especial si esta práctica se extiende en el tiempo. El sexo sin amor es desacralizar al amor y es ir contra la esencia humana que sí es amorosa y compasiva. No es una cuestión “moral”, que a la misma sociedad nunca le ha importado. Si le importaría lo moral no existirían niñas violadas por sus familiares cercanos, por ejemplo. Porque la violación es aniquilar el amor, o sea: aniquilar al ser que se dice “humano”.

La violencia ─ya se sabe─, no es tan solo física. Hay un plano emocional, un plano psicológico, psíquico, espiritual incluso. Pero también hay un plano social, económico, político, cultural. Y un plano de lo privado y lo público. Ahí, en todos los planos reunidos en un conjunto, es que está el origen de la violencia.

Para curarnos de cualquier mal, no es suficiente acudir a pastillas ni a ayahuascas, ni a la Pachamama ni a los santos. No es suficiente. Si no indagamos en nuestro propio interior, en el interior individual y en el interior social que nos conforma, de poco nos servirán las terapias o tratamientos. Es en el día a día que podemos reconocer si el amor o el odio, la venganza o el perdón, la paz o la guerra nos habitan. Es en cada actuación, con nosotros mismos primero y después con el resto (incluidos la naturaleza y el cosmos), que vale actuar con integridad y respeto. Es en cada palabra que pronunciamos que construimos luz u oscuridad para nuestras almas. Alguien que ama, jamás tendría que hacer daño. ¿Quién de los que leen esto ha amado de esa manera? ¿En la que no existe la ira, ni el enojo, ni las palabras ofensivas, ni el ejercicio de la fuerza o la manipulación, o la mentira piadosa? De los errores humanos y sociales, de una u otra manera, todos y todas somos cómplices, desde el hecho que no trascendemos como humanidad, pese a una pandemia que mantiene atados nuestros rostros.

Todo esto no obvia que se vuelve necesario “denunciar” y que las leyes sancionen.

Sin embargo, más allá de una denuncia o del cumplimiento de leyes, sería maravilloso revisarnos como humanidad, como sociedad… y revisarnos en nuestras vivencias diarias, cotidianas. Es ahí en donde parecemos equivocarnos. Es ahí en donde sale la violencia como ira, como enojo, como venganza.

¿Qué nos permitimos vivir cada día?

¿Por qué aceptamos situaciones que, evidentemente, nos destruyen?

¿Qué podemos aprender de todo lo que sucede con nosotros mismos y con nuestro alrededor?

¿Hay acaso un modo de sanación para quienes ahora se enfrentan a las despiadadas redes sociales?, ¿puede acaso alguien, o la sociedad o las instituciones, dar amor a los involucrados para que verdaderamente sanen sus dolores, sus espantos? ¿Podemos sanarnos de esa enfermedad letal que es la violencia (más letal que cualquier virus)? Porque está muy bien opinar y comentar (para eso mismo están las redes sociales: para revelar lo que pensamos), pero cuando aparecen los jueces y juezas con sus sentencias condenatorias, sin dar ninguna esperanza de salvación a nadie, siento una horrible decepción humana. Y por más brillantes exposiciones, no encuentro que, como individuos o como sociedad, se esté aprendiendo algo que ayude a trascender.

Soy de aquellos que soñamos en una humanidad despierta en consciencia, en un nuevo mundo de paz y de amor. En donde no tengamos que ser víctimas ni victimarios, porque esas son las dos aristas de la misma afilada daga. Que trascendamos.

Solo el amor purifica.

Solo la paz ennoblece.

María Eugenia Paz y Miño

¿Cual es tu opinión referente a este artículo?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

×